Unos de los mejores recuerdos que tengo de mi madre sucedió una tarde de viernes. Tendría yo diez u once años. Ese día me habían dado las notas en el colegio y, como de costumbre, eran mediocres.
Llegué a casa más apenado que atemorizado porque mis padres se enfadaban moderadamente, pero sabía que les entristecía mucho mi pasotismo estudiantil. Hay malos estudiantes que asumen su condición con valentía y honor, y hay malos estudiantes con complejos, que son los peores. Éramos malos estudiantes por vagancia, dejadez, pereza, o simplemente porque los buenos propósitos eran efímeros… Y aunque durante el curso sabíamos que íbamos directos al abismo, nos compungíamos al ver nuestros nefastos resultados. Como si nos cogiera por sorpresa. Yo era de los de esta clase.
Cuando llegué a casa, sólo estaba mi madre. Mi padre estaría trabajando y mi hermana, 6 años mayor que yo y gran aficionada a los sobresalientes, estaría con sus amigas. Con esa tranquilidad que sólo proporciona el deber cumplido.
Noté enseguida que algo andaba mal. Mi madre estaba triste. Un hijo siempre sabe cuando su madre está triste. Saber que iba a disgustarla y ver que algo o alguien había empezado el trabajo por mí, me apenó aún más.
Le tendí la mano con el boletín de notas. Lo abrió. Dedicó un rato a mirarlo con atención, como siempre hacía con las cosas importantes, y lo plegó de nuevo.
Yo estaba al borde de las lágrimas. No por mí, sino por ella: ¿cómo podía ser tan egoísta?, ¿por qué, sabiendo que nada haría a mi madre tan feliz como unas buenas notas, era incapaz de aplicarme un poco más y darle una alegría? Mi madre fue la persona más generosa que he conocido en mi vida. Nunca vivió para ella sino para los demás. Para mi hermana, para mí, y para mi padre. Y yo, me sentía un desgraciado.
Levantó la mirada y, con ojos tristes, me dijo:
“Nos vamos al centro”
Extrañado, me fui a mi cuarto, dejé los enseres del colegio, me lavé, y me dispuse a salir con mi madre.
Cogimos el autobús 46, que realiza el trayecto desde la Moncloa hasta Alcalá, y nos bajamos a la altura de la Plaza del Callao. Mi madre iba charlando, un poco más animada. Yo también empecé a relajarme y, poco a poco, la tranquilidad venció a la congoja.
Nos dimos un paseo por el centro, merendamos en El Corte Inglés y, ya de vuelta, le pedí entrar en el Acuarium Madrid. Era una tienda de peces y material de acuario que estaba en la Calle del Maestro Vitoria. Me encantaba ir porque por esa época mi principal afición era la de asesino de peces. Tenía un pequeño acuario con 2 o 4 miserables pececillos que iba reponiendo con regularidad porque no duraban más de 10 o 15 días. Me preguntó cuáles eran mis ejemplares favoritos y me compró una pareja de peces rojos de agua fría. Los más sencillos, pero los que más me gustaban.
Llegamos a casa y recuerdo la ilusión que me hizo verter en el acuario a mis nuevas mascotas y contarle a mi padre que había merendado en una cafetería con mamá. Por supuesto, me olvidé por completo de las notas. Egoísta, como sólo pueden serlo los niños, y feliz.
Ahora, con el paso de los años, me pregunto qué le pasaría a mi madre para que hubiera tenido esa reacción. Su carácter era firme y poco dado a las tonterías. Llegar a casa con unas notas tan mediocres, en circunstancias normales, habría supuesto una buena reprimenda, algún castigo, y unos días de guerra fría. Me pregunto qué sucedió a mi madre para que, por una sola vez en su vida, olvidara su responsabilidad y decidiera malcriarme de esa manera.
Quiero pensar que yo, con mi inocencia de entonces, supuse para ella algún tipo de alivio, y que mis historietas y mi alegría por tener dos nuevas víctimas para mi acuario, le hicieran olvidar al menos un poco el disgusto que tenía.
Decía Mafalda que a veces olvidamos lo madres que pueden llegar a ser las madres. Mi madre también era así. ¿Sabéis cuando en una entrevista de trabajo preguntan al candidato por su mayor defecto, y éste responde que “se implica demasiado”? Pues así era mi madre. Su mayor defecto como madre, si es que eso puede ser un defecto, era que se implicaba demasiado, sin matices. Jamás dejó de darnos su opinión, nunca durmió tranquila hasta que oía que mi hermana o yo llegábamos por la noche, nunca se dio por vencida con nosotros y nunca dejó de sentir amplificadas por mil nuestras penas y nuestras alegrías.
A lo largo de los años, una enfermedad fue poco a poco venciendo a mi madre. Una neuropatía fue agarrotándole los dedos, doblando su espalda y debilitando sus huesos. Además, sumó a su naturaleza nerviosa una incapacidad absoluta para aguantar ruidos fuertes, gritos y discusiones. Cuando se daban esas situaciones se me partían el corazón. No sólo porque siempre es duro ver sufrir a una madre, sino porque su sufrimiento era aún mayor por tener que mostrarse en ese estado. Ella odiaba sentirse y mostrarse débil, y su carácter orgulloso se lo impedía, pero su fisiología enferma no le daba tregua. Esa característica de mi madre la definió durante la última mitad de su vida.
Para mí siempre ha sido sobrecogedor conocer que la enfermedad le sobrevino a raíz de mi nacimiento. Quizás si yo no hubiera nacido la enfermedad le habría afectado igual. O no. Nunca lo sabré.
Lo único bueno es que la neuropatía, pese a crisis puntuales, provoca un desgaste constante pero muy lento. Eso me permitió no ser consciente del problema de mi madre hasta que tuve una cierta edad.
Mi madre me tuvo con 40 años. Eso hizo que su edad avanzada, sumada a su enfermedad, me provocara el convencimiento de que en cualquier momento podía perderla. Recuerdo oir una vez a un superviviente de un avión que amerizó en el río Hudson, en Nueva York, que decía que cuando el avión se precipitaba al mar y estaba seguro de que iba a morir pensó que todo cambia en un segundo. Ser consciente de que en cualquier momento podía perderla, y la reflexión del superviviente de ese accidente, fueron una bendición para mí. Desde que me casé en 2005 y salí de casa de mis padres me prometí que, como mínimo, vería a mis familia una vez cada dos semanas. Así lo hice. Además, durante los 17 años siguientes, hablé con mi madre por teléfono todas las mañanas mientras me dirigía al trabajo. Todas.
Yo sabía que ese momento era para ella de los mejores de cada día. Lo que no sé, es si ella llegó a saber que, para mí, también.
El jueves 30 de junio de 2022, a las ocho menos diez de la mañana, todo cambió en un segundo.
Caminaba hacia el trabajo, cogí el teléfono para llamar a mi madre y antes de que me diera tiempo de marcar el número, mi móvil empezó a vibrar. Era mi hermana, -algo le pasa a mamá, está muy desorientada, no me reconoce-.
No sé explicar por qué, pero supe que ya nada volvería a ser igual. Volví a casa, cogí el coche y fui rápidamente a ver a mi madre. Al llegar vi una ambulancia aparcada frente a nuestro portal. Subí y los médicos salían de su piso en ese momento. Al parecer mi madre se había contagiado de COVID. Tenía fiebre y por ello, y por su edad avanzada, estaba desorientada. “Se recuperará”, nos dijeron, “satura bien y no tiene afectados los pulmones”.
Quise creerme sus buenos augurios, pero algo dentro de mí me decía que no me confiara.
Al día siguiente la situación empeoró. La ambulancia volvió y decidieron trasladarla al hospital. El médico de guardia era optimista, pero yo veía que mi madre se apagaba poco a poco.
El sábado 2 de julio, Rafael Nadal jugaba con el italiano Sonego. Mi madre era una grandísima aficionada al tenis y una enorme fan de Nadal. Ese fue el último momento que pasé con mi madre consciente, viendo ese partido de tercera ronda de Wimbledon en la pequeña pantalla de mi iPad. Y fue la última vez que la vi sonreír mientras veía a Nadal celebrar los puntos, y yo ponía su mano, ya casi inerte, sobre la mía.
El domingo su estado empeoró y los médicos nos aconsejaron sedarla para calmar la inflamación de sus pulmones.
El martes me quedé a dormir con ella. Hacía una noche agobiante, las temperaturas habían rozado los 40 grados durante el día y esa noche no habían bajado de casi 30 grados. Temía que el aire acondicionado empeorara el estado de mi madre, así que dejé la ventana abierta y dejé que la poca brisa caliente que entraba nos secara el sudor.
Acomodé como pude mi casi metro noventa en el sillón azul de la habitación del hospital y me dispuse a dormir a su lado, pensando si esa noche pondría fin al sufrimiento de mi madre y daría comienzo al nuestro.
A las 4 de la mañana, una brisa muy fría me despertó. Estaba profundamente dormido y, pese a que notaba mi piel caliente, me tapé con la sábana. Dos horas más tarde me desperté extrañamente descansado y recuperado del cansancio acumulado. La habitación estaba aún en penumbra porque el sol aparecía por el lado opuesto al que estaba orientada la habitación. Me giré y miré la sombra del perfil de mi madre. Me pareció ver un leve mecer en su pecho, así que Intenté que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y miré con más atención.
Nada.
Hoy ha pasado un año desde ese 6 de julio. Cada vez menos, pero aún me sucede que saque el teléfono para llamar a mi madre cuando voy a trabajar. Es un momento que me sigue sorprendiendo por su crueldad, pero que a la vez no quiero que deje de suceder. Siento que cuando deje de hacer ese ademán, habré conseguido superar su ausencia. Pero yo no quiero superarla. Sin embargo, la ausencia de los padres es lo que nos hace hombres. Y los hombres, sabemos que hay cosas que nunca tienen vuelta atrás y que es necesario aceptar.
Hoy he aceptado que tardaré en volver a ver a mi madre, y doy gracias por haber tenido el privilegio de llamar mamá a esa persona que, moribunda, sonreía desde la cama de un hospital viendo a Nadal ganar los puntos.
Te quiero mamá.
Madrecita, Antonio Machín
Madrecita del alma querida
En mi pecho yo llevo una flor
No te importa el color que ella tenga
Porque al fin tú eres, madre, una flor (una flor)
Tu cariño es mi bien, madrecita
En mi vida tú has sido y serás
El refugio de todas mis penas (mis penas)
Y la cuna de amor y verdad
Aunque amores yo tenga en la vida
Que me llenen de felicidad
Como el tuyo jamás, madre mía
Como el tuyo no habré de encontrar
Madrecita del alma querida (madrecita)
En mi pecho yo llevo una flor
No te importa el color que ella tenga
Porque al fin tú eres, madre, una flor
Aunque amores yo tenga en la vida
Que me llenen de felicidad
Como el tuyo jamás, madre mía
Como el tuyo no habré de encontrar
Madrecita del alma querida (madrecita)
En mi pecho yo llevo una flor
No te importa el color que ella tenga
Porque al fin tú eres, madre, una flor (porque al fin tú eres una flor)
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