Hoy hace un año, murió mi padre. Tan sólo dos días después de que mi madre falleciera, mi padre enfermó de COVID y de pena y, seis días después, se fue con ella.
Mi padre era un hombre fuerte. No en el sentido de fuerza física, sino en el sentido de resistencia. Tuvo muchos y muy serios problemas de salud a lo largo de sus últimas dos décadas de vida y siempre los superó. Tuvo un cáncer de próstata, después de hígado y más tarde de ojo. Los superó los tres tras tratamientos de quimioterapia, quimioembolización, radioterapia y operaciones. Mientras se rompió las dos caderas, se cogía unas gripes de órdago y, un año antes de morir, hasta se contagió de listeria.
De todos y cada uno de estos tropiezos salía airoso. Además, tenía una capacidad asombrosa para olvidar los malos momentos, hasta el punto de que cuando mi madre le reprochaba que bebiera vino en las comidas habiendo sufrido un cáncer de hígado, él la miraba asombrado y le decía: “¿Yo? ¿Un cáncer de hígado? Anda no digas tonterías…” Y pegaba otro sorbo poniendo los ojos en blanco. A mi madre, a mi hermana, y a mí, esta actitud nos escandalizaba e iniciábamos una operación de “realidad”, en la que le recordábamos los diagnósticos, los ingresos en Puerta de Hierro, los vómitos post quimio y todos los malos momentos. Él, en sus trece, nos miraba como si fuéramos lelos y, como quién no quiere la cosa, se rellenaba la copa.
Siempre presumió de no temer a la muerte. Nació en Sax, provincia de Alicante, tres años antes de que se iniciara la guerra civil. Aunque ni él ni su familia tuvieron grandes problemas durante esa época, las ausencias, los conflictos, el hambre y la miseria, le endurecieron. Además, mi abuela tenía una salud muy delicada y precisaba de la administración de inyecciones de insulina varias veces al día, y mi padre que era el penúltimo de 7 hermanos fue designado para cuidarla. Me contó como un día apareció el practicante del pueblo por la casa para enseñar a «Antoñito» a poner las inyecciones a su madre, que por aquel entonces ya pasaba la mayor parte del tiempo encamada. Antoñito no tendría más de 10 años.
Lo que mató a mi padre fue ser el último. A lo largo de su vida, perdió a sus padres, a todos sus hermanos, cuñados, amigos y, al final, a mi madre. Él, que como decía Mecano nunca fue muy dado a las mariconeces, me dijo un día mientras comíamos los dos solos, con los ojos llorosos, que presentía que se iba a quedar sólo, que «mamá se va a morir». Fue tan sólo 3 o 4 días antes de fallecer ella. Creo que en ese preciso instante se inició su agonía.
Pensaréis que, con tantos problemas de salud, que yo crea que fue la pena lo que acabó con él es cuanto menos irreal. Pero lo creo de verdad. Para que os hagáis una idea, tras el fallecimiento de mi padre, mi hermana fue a agradecer a su doctora todo lo que había hecho por él. La doctora le dijo que cualquier persona, con todos los problemas que él tuvo, habría muerto muchos años antes. No sólo no murió, sino que disfrutó de la vida hasta casi el último suspiro.
Cuando era pequeño, en los años 80, mis padres tenían una casa en El Escorial. En aquella casa a los pies del Monte Abantos, pasé los mejores momentos de mi vida. Y atesoro el mejor recuerdo de mi padre: fue un sábado de verano, me despertó a las seis y media de la mañana porque su objetivo era estar a las siete en punto iniciando el ascenso al Abantos. Así lo hicimos. Durante unas horas anduvimos primero por la calzada que subía desde nuestra casa hasta más o menos media ruta, y la segunda mitad por caminos de ganado y el cortafuegos hasta la cumbre. Cuando coronamos nos sentamos en una roca, con Madrid a nuestros pies, y nos zampamos unos bocadillos y una lata de mejillones. Para abrir esa lata, mi padre sacó una navaja Victorinox que había comprado unos años antes en Suiza (¡con 24 funciones!) y yo, como siempre, me quedé embobado mirando la pequeña herramienta roja. Él, sonriente y acalorado tras la caminata, me miró y me dijo que si sabía cuándo se alcanzaba el grado de explorador. Le dije que no, que no lo sabía, y me dijo que se alcanzaba al subir por primera vez el Abantos, y que el premio, además de un bocadillo de tortilla y unos mejillones en escabeche, era una navaja suiza “auténtica”. Imaginaréis mi cara cuando me la tendió y la cogí de su mano.
Hace unos meses, preocupado por evitar a mis seres queridos tener que tomar decisiones desagradables en momentos difíciles, pedí a mi mujer que, si moría antes que ella, me incinerara y esparciera mis cenizas por el Monte Abantos. No se me ocurre un lugar mejor. En aquella roca bajo el sol, con el olor de la resina de los pinos, de la tortilla de mi madre, y de los mejillones en escabeche, siempre me quedará la imagen de un niño eternamente agradecido a su padre por haberle dado el mejor regalo del mundo, que era estar con él, y una navaja.
Hoy que hace un año que se fue. Y me gustaría imaginarme a mi padre allá donde esté viendo como su familia ha superado su ausencia y sintiéndose orgulloso de sus hijos y nietos. Pero como le conozco bien, intuyo que no se habrá acordado del aniversario. Estará con mis tíos y mi madre, bebiendo unos vinos y charlando de caza, política y gastronomía. Mi madre le mirará de reojo tocando el reloj de su muñeca para indicarle que es hora de levar anclas porque “estos señores tendrán que desayunar…»
“Ya nos vamos Churreta”, dirá él, “pero espera que terminemos este vino, que mañana se habrá estropeado ¡y es una pena porque es formidable!”
Te quiero papá.
Mi padre odiaba las canciones en inglés porque no las entendía, pero creo que la letra de ésta le gustaría:
Monsters, James Blunt
Oh, before they turn off all the lights
I won’t read you your wrongs or your rights
The time has gone
I’ll tell you goodnight, close the door
Tell you I love you once more
The time has gone
So here it is
I’m not your son, you’re not my father
We’re just two grown men saying goodbye
No need to forgive, no need to forget
I know your mistakes and you know mine
And while you’re sleeping I’ll try to make you proud
So, daddy, won’t you just close your eyes?
Don’t be afraid, it’s my turn
To chase the monsters away
Oh, well, I’ll read a story to you
Only difference is this one is true
The time has gone
I folded your clothes on the chair
I hope you sleep well, don’t be scared
The time has gone
So here it is
I’m not your son, you’re not my father
We’re just two grown men saying goodbye
No need to forgive, no need to forget
I know your mistakes and you know mine
And while you’re sleeping I’ll try to make you proud
So, daddy, won’t you just close your eyes?
Don’t be afraid, it’s my turn
To chase the monsters away
Sleep a lifetime
Yes, and breathe a last word
You can feel my hand on your own
I will be the last one
So I’ll leave a light on
Let there be no darkness, in your heart
But I’m not your son, you’re not my father
We’re just two grown men saying goodbye
No need to forgive, no need to forget
I know your mistakes and you know mine
And while you’re sleeping I’ll try to make you proud
So, daddy, won’t you just close your eyes?
Don’t be afraid, it’s my turn
To chase the monsters away
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